Brasil acaba de votar y deberá volver a las urnas el próximo 25 de octubre. La primera vuelta de las elecciones presidenciales dejó un resultado que sorprendió a buena parte de los analistas políticos y económicos: Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos, mientras que el actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, alcanzó el 45,16%. Una diferencia que abre un escenario de incertidumbre política, pero también de expectativas económicas que trascienden ampliamente las fronteras brasileñas.
Uruguay observa naturalmente lo que sucede en su vecino del norte. Pero existe una dimensión de este proceso electoral que merece una atención particular y que, curiosamente, suele quedar relegada a un segundo plano: ¿qué consecuencias puede tener el resultado de las elecciones brasileñas sobre el turismo uruguayo y, particularmente, sobre la temporada 2026-2027 que está comenzando a organizarse?
La respuesta no depende necesariamente de quién gane, sino de las condiciones económicas que emerjan de las urnas. Porque para el turismo uruguayo, mucho más importante que la orientación ideológica del próximo presidente brasileño será la evolución del real, el poder adquisitivo de sus ciudadanos, las expectativas de consumo y las condiciones que permitan o desalienten los viajes al exterior.
Y hay algo que conviene dejar establecido desde el comienzo: Brasil no es un mercado turístico cualquiera para Uruguay. Es uno de sus principales mercados emisores, con una proximidad geográfica, cultural y comercial que debería convertirlo en una prioridad permanente de nuestra política turística.
El real puede ser más importante que el presidente
La primera reacción de los mercados financieros al resultado electoral fue particularmente significativa. El lunes siguiente a las elecciones, el real brasileño experimentó una fuerte apreciación frente al dólar, mientras la Bolsa de São Paulo registraba una importante suba. Los inversores interpretaron el resultado de Flávio Bolsonaro como una señal favorable a determinadas expectativas de política económica, particularmente en materia fiscal.
Pero sería un error interpretar esa reacción inmediata como una tendencia consolidada. Las monedas reaccionan a expectativas, no solamente a realidades, y las expectativas pueden modificarse rápidamente.
Lo que sí corresponde señalar es que un real fortalecido frente al dólar, siempre que esa mejora se traduzca también en una relación cambiaria favorable con Uruguay, puede mejorar la capacidad de compra del turista brasileño en nuestro país.
Por el contrario, una depreciación importante del real puede encarecer considerablemente sus vacaciones fuera de Brasil, aun cuando los precios uruguayos permanezcan relativamente estables.
Esta relación, aparentemente elemental, tiene consecuencias concretas sobre decisiones que se toman todos los días: elegir entre vacacionar en Florianópolis o Punta del Este, entre Gramado o Colonia, entre permanecer en territorio brasileño o cruzar la frontera para disfrutar de la costa uruguaya.
No se trata solamente de la cotización de una moneda. Se trata de cuánto cuesta una habitación de hotel, una cena, el alquiler de un automóvil, una semana de vacaciones o un pasaje aéreo cuando esos gastos se expresan en reales.
El turista no viaja con indicadores macroeconómicos en el bolsillo. Viaja con un presupuesto. Y ese presupuesto puede cambiar sustancialmente por decisiones económicas adoptadas a cientos de kilómetros de nuestras fronteras.
Lula o Bolsonaro: dos escenarios que Uruguay debería estudiar
Sería una simplificación sostener que una victoria de Flávio Bolsonaro resultará necesariamente favorable para el turismo uruguayo, o que una reelección de Lula producirá el efecto contrario.
Las economías no funcionan de manera tan lineal.
Una administración que consiga fortalecer la confianza, controlar la inflación, preservar el empleo y mantener razonablemente estable su moneda puede favorecer el consumo turístico internacional, independientemente de su orientación política.
Pero también puede suceder que determinadas políticas económicas impulsen el turismo interno brasileño, incrementen la competitividad de sus propios destinos o modifiquen los costos relativos de viajar al exterior.
Brasil posee una formidable infraestructura turística y destinos capaces de competir directamente con Uruguay en distintos segmentos. Su litoral atlántico, sus grandes ciudades, sus centros de entretenimiento y su enorme mercado interno constituyen una oferta que no puede ignorarse.
Una recuperación económica brasileña no significa automáticamente que más brasileños elegirán Uruguay.
Significa que podrían existir mejores condiciones para viajar. Conseguir que esos viajes tengan como destino nuestro país es otra cuestión, y depende de nuestra competitividad, promoción, conectividad y calidad de la oferta.
Por eso, el análisis de los dos escenarios electorales debería concentrarse menos en las identidades partidarias y mucho más en las políticas económicas concretas que finalmente se apliquen.
La conectividad también está en juego
Existe otro componente fundamental que no debería quedar fuera de este análisis: la conectividad aérea.
Brasil es un país de dimensiones continentales. Pensar que el mercado turístico brasileño para Uruguay se limita a Rio Grande do Sul constituye una visión excesivamente restringida de nuestras posibilidades.
São Paulo, Belo Horizonte, Campinas, Río de Janeiro, Curitiba, Recife y otras grandes concentraciones urbanas representan mercados potenciales que requieren estrategias diferenciadas.
En los últimos tiempos se han registrado avances en la conectividad, entre ellos las operaciones de Azul que vinculan Uruguay con Belo Horizonte, Campinas y Recife, así como la recuperación de conexiones con Porto Alegre.
Sin embargo, tener vuelos disponibles no significa necesariamente contar con una estrategia de captación turística eficiente.
Las compañías aéreas establecen sus operaciones en función de mercados, costos, demanda esperada y rentabilidad. Una modificación importante de las condiciones económicas brasileñas puede alterar esas variables y, por consiguiente, influir sobre la oferta de asientos, las tarifas y la viabilidad de determinadas rutas.
La evolución del real, el precio del combustible, los costos operativos de las aerolíneas y la capacidad de consumo de los pasajeros son factores que deberían ser observados conjuntamente.
También debemos considerar el turismo carretero, especialmente relevante para los destinos del este uruguayo y las zonas fronterizas. Allí, las variaciones cambiarias pueden modificar las decisiones de viaje con una rapidez que no siempre se observa en el transporte aéreo.
En definitiva, no alcanza con promocionar Uruguay en Brasil. Hay que comprender desde dónde pueden venir los turistas, cómo pueden llegar, cuánto les cuesta hacerlo y qué condiciones económicas favorecen o dificultan esa decisión.
El problema uruguayo: seguimos mirando el pasado
Aquí aparece una cuestión que trasciende las elecciones brasileñas y que hemos planteado reiteradamente desde Grupo PDA.
Uruguay continúa apoyando buena parte de su interpretación de la actividad turística en estadísticas oficiales de visitantes y estimaciones de gasto cuya metodología, precisión y capacidad para representar la realidad merecen ser revisadas profundamente.
No necesitamos reiterar cifras que se presentan con una exactitud difícil de justificar para comprender la importancia del mercado brasileño.
Lo que necesitamos es algo bastante más útil: información que permita anticipar comportamientos, detectar cambios de tendencia y orientar decisiones antes de que los acontecimientos se produzcan.
Por ejemplo, ¿existe un estudio actualizado que determine cómo reacciona la demanda turística brasileña hacia Uruguay ante una depreciación del real del 10% o del 15%?
¿Sabemos qué segmentos del mercado brasileño son más sensibles a las variaciones cambiarias?
¿Conocemos cómo se modifican las reservas hoteleras, las compras de pasajes o las decisiones de viaje cuando se producen acontecimientos políticos y económicos importantes en Brasil?
¿Disponemos de información suficientemente desagregada para distinguir el comportamiento de un turista procedente de Porto Alegre del de otro residente en São Paulo, Belo Horizonte o Recife?
Y, fundamentalmente, ¿quién está procesando esa información para orientar las decisiones del sector público y de los operadores privados?
Estas preguntas deberían formar parte del trabajo cotidiano de una estructura profesional de inteligencia turística.
No requieren necesariamente nuevas encuestas de frontera. Exigen utilizar adecuadamente información bancaria agregada, transacciones electrónicas, búsquedas digitales, reservas, datos de conectividad, indicadores económicos y otras fuentes que hoy permiten observar los mercados con una profundidad impensable hace apenas dos décadas.
Naturalmente, respetando la privacidad y utilizando información estadística anonimizada.
Es exactamente el tipo de trabajo que venimos proponiendo al plantear la necesidad de una Autoridad Nacional de Turismo, con una unidad técnica especializada en Inteligencia de Mercado.
El turismo uruguayo necesita más laboratorio que ballroom. Y las elecciones brasileñas ofrecen un ejemplo concreto de por qué.
La temporada no espera al 25 de octubre
Existe, además, una cuestión de calendario que vuelve especialmente relevante este análisis.
La segunda vuelta brasileña tendrá lugar el 25 de octubre. Para entonces, buena parte de las decisiones comerciales vinculadas a la próxima temporada turística uruguaya ya estarán tomadas o se encontrarán en una etapa avanzada.
Los hoteles habrán definido sus políticas tarifarias, las compañías aéreas tendrán programada buena parte de sus operaciones y numerosos operadores estarán comercializando sus productos.
Pero las condiciones económicas que influirán sobre las decisiones finales de los consumidores brasileños todavía pueden experimentar modificaciones importantes.
Un resultado electoral que fortalezca las expectativas económicas podría favorecer determinadas decisiones de viaje. Un escenario de incertidumbre prolongada, volatilidad cambiaria o deterioro del consumo podría producir el efecto contrario.
Y no necesariamente de manera uniforme.
Punta del Este, Montevideo, Colonia, Rocha y los destinos termales no dependen exactamente de los mismos segmentos de demanda brasileña. Tampoco compiten con idénticos productos ni presentan las mismas condiciones de accesibilidad.
Por eso, cualquier evaluación seria debería distinguir destinos, modalidades de transporte, niveles de gasto y procedencias geográficas.
Hablar del turista brasileño como si se tratara de un consumidor homogéneo constituye otra de las simplificaciones que deberíamos abandonar.
Brasil vota; Uruguay debería estar preparado
No corresponde a Uruguay elegir al presidente de Brasil ni especular políticamente sobre las preferencias de sus ciudadanos.
Corresponde, sí, comprender que las decisiones adoptadas en Brasilia pueden tener consecuencias económicas muy concretas sobre nuestro turismo.
Y corresponde hacerlo con anticipación, profesionalismo e información confiable.
Porque si el real se fortalece, deberíamos estar preparados para aprovechar las oportunidades que eventualmente se generen. Si se debilita, deberíamos disponer de herramientas para comprender sus consecuencias y ajustar las estrategias comerciales.
Si mejora el consumo brasileño, tendremos que competir inteligentemente por una parte de ese mercado. Si se deteriora, necesitaremos identificar los segmentos menos afectados y desarrollar respuestas apropiadas.
Nada de esto debería depender de improvisaciones ni de campañas promocionales desvinculadas de un conocimiento profundo de la demanda.
La elección presidencial brasileña constituye un acontecimiento político de enorme importancia para América Latina. Pero para Uruguay también representa una prueba de su capacidad para interpretar los cambios económicos regionales y transformarlos en decisiones turísticas inteligentes.
El próximo 25 de octubre los brasileños elegirán a su presidente. Lo que todavía no sabemos es si Uruguay cuenta con la inteligencia de mercado necesaria para comprender, anticipar y aprovechar las consecuencias de esa decisión.
Y esa incertidumbre, para el turismo uruguayo, debería preocuparnos bastante más que el nombre del próximo ocupante del Palacio del Planalto.

