por Sergio Antonio Herrera, desde Montevideo
Desde hace años venimos señalando —con respaldo académico, entre otros del propio Miguel Ángel Acerenza— que no todo visitante es turista. Que en el mejor de los casos, apenas el 53% de quienes cruzan la frontera califican como tales.
Entonces, la primera corrección es inevitable: los 3,6 millones no son turistas. Serían, en el mejor de los casos, poco más de 1,9 millones. Y ahí es donde el edificio empieza a crujir.
Porque si mantenemos los USD 2.040 millones de ingreso con ese nuevo volumen, el resultado es inmediato: cada turista estaría gastando más de USD 1.000.
Y eso, sencillamente, no resiste el menor contraste con la realidad.
Uruguay no es un destino de largas estadías promedio.
No es un destino masivo de alto gasto.
Y la base del turismo sigue siendo regional, con estadías cortas y consumo moderado.
Pretender que el turista promedio en Uruguay supera los mil dólares de gasto no es optimismo. Es ficción.
Entonces queda la otra opción: mantener un gasto promedio razonable, en el entorno de los USD 500 o 600. Y en ese caso, la cuenta vuelve a ser implacable: el ingreso total no sería USD 2.040 millones, sino poco más de USD 1.000 millones. La mitad.
Y así, lo que parecía una potencia turística, pasa a ser un sector relevante, sí, pero muy lejos de las magnitudes que se comunican.
¿Dónde está el problema, entonces?
En algo más profundo que un número mal calculado: es la forma en que se construye el relato.
El problema no es solo semántico. Es metodológico.
Se mezclan visitantes, excursionistas, tránsito, uruguayos no residentes y otros componentes en un mismo agregado económico.
CERES, como centro de estudios, tiene la responsabilidad de explicitar estas limitaciones. CAMTUR, como representación empresarial, no puede construir un discurso internacional sobre bases discutibles.
Uruguay no recibe más turistas que habitantes. Recibe movimientos de frontera.
Y ese matiz, lejos de ser técnico, es determinante.
Porque define la credibilidad del país.
La conclusión es clara: o el volumen está inflado o el gasto está mal construido. Ambas cosas no pueden ser ciertas al mismo tiempo.

